Un cuento de juventud con comentario al final

Un cuento de juventud con comentario al final

LA ÚLTIMA BALA

 

A Joe solo le quedaba una bala. Estaba rodeado, delante y también a izquierda y derecha, acechaban los salvajes sioux, detrás de él, no menos feroces, estaban los espectadores. Giró la cabeza y los espectadores fueron sustituidos por unos abruptos y escarpados muros que le impedían cualquier posibilidad de huída. No había escapatoria. Estaba completamente rodeado. Y solo le quedaba una bala.

Sabía que se acercaba el fin. Si lo cogían vivo los sioux le torturarían hasta la muerte. Había oído contar multitud de historias sobre los terribles sufrimientos infligidos a sus prisioneros. Gente obligada a sostener sus propias vísceras para impedir que se desparramaran por el suelo, descuartizamientos con cuatro caballos tirando del infeliz, y otras prácticas no menos terribles. Y a él solo le quedaba una bala.

Además no podía, ni quería, imaginar un final con su cara contraída por el dolor semioculta por las rojas letras del “The End”, su carne desgarrada expuesta al sol y a los buitres de celuloide que acechaban en el patio de butacas. Sería horrible que la película terminara así.

De todos modos, sabía que él era el malo, y tenía que morir, o al menos esto era lo que, oscuramente, recordaba que había sucedido en todas las proyecciones anteriores; él al final moría. Lo que no lograba recordar era cómo. Últimamente, quizás en los diez últimos pases, todo le resultaba muy confuso, por ejemplo: ¿cómo diablos podía haber llegado hasta este desfiladero si antes no había pasado por el árbol con la soga podrida? y ¿por qué había momentos en que juraría que su color era menos intenso? Y esas rayas blancas ¿qué significaban?, ¿de dónde habían salido?, ¿qué había pasado con Judith, la hija del juez, que una vez cuando él era joven le había besado?, ¿por qué esta vez no?, ¿por qué las butacas en las que veía a los comedores de palomitas estaban rotas y sucias?, ¿por qué no paraban de hacer ruido?, ¿por qué ya nadie lloraba?

Una flecha le hirió en el hombro. Él gritó. Giró la cabeza ligeramente. Ni uno solo de los rostros se había solidarizado con su respingo de dolor. Se acercaba el fin. Él lo sabía. Y solo le quedaba una bala.

No quería suicidarse. No podía. Intuía vagamente que ese no era el final. No esta vez. El dolor del hombro apenas le permitía pensar. De pronto su cerebro se iluminó con la solución. Estaba claro: mataría a su jefe.

Su cresta colorada asomaba solo un poco, pero era suficiente. Apuntó con primor. Era su última bala y no podía fallar. Disparó.

El blanco fue perfecto. La sangre salpicó las insignias nazis, empapó el respaldo y la Coca-Cola se desparramo por toda la fila. Los sioux, comprendiendo perfectamente lo que sucedía, empezaron a lanzar sus flechas a los devoradores de palomitas.

Por la noche, alrededor de la hoguera, todos incluido Joe, celebraron una gran fiesta. Fue un hermoso final, lástima que no quedara nadie en la sala para aplaudir.

 

Fin.

 

Comentario

Me lo he pasado tan bien en las salas de cine,  que me sabe muy mal cuando voy a una multisala y veo en lo que se ha convertido la antigua ceremonia (que le vamos a hacer, soy un antiguo), así que este cuento es una pequeña venganza. 

Recomendación

Volver a ver (si se puede) clásicos como “2001 una odisea en el espacio” o “Lawrence de Arabia” en pantalla grande.

Aplicación a la vida en general

Es importante tener claro a qué y a quienes te enfrentas. No te equivoques de enemigos.

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