Empatía

Empatía

Advertencia: Este es un texto robado pero no me acuerdo de donde, así que si alguien localiza su origen, por favor que me lo comunique y con mucho gusto citaré la fuente. Dicho esto abordemos el meollo del post.

Este post está pensado para complementar de manera literaria-simbólica el punto de la “Empatía” que en ocasiones incluyo en las formaciones que imparto. La empatía es fundamental para relacionarse con otros seres humanos y aunque  a veces pueda parecer que es un proceso automático, mi opinión es que es un proceso que se puede mejorar con la práctica de situar el foco de nuestro interés en el otro, y creo que el cuento que sigue a continuación es una buena metáfora de ello.

Si han llegado aquí desde alguno de mis cursos sean bienvenidos a un input sobre empatía, y si han llegado por casualidad, a lo mejor es el destino que le ha traído hasta aquí por alguna razón.

EL BOSQUE

En el siglo III después de Cristo, el rey Ts’ao envió  a su hijo, el príncipe T’ai, al templo a estudiar con el gran maestro Pan Ku. Debido a que el príncipe T’ai tenía que suceder a su padre como rey, Pan Ku tenía que enseñar al muchacho los principios fundamentales para ser un buen gobernante. Cuando el príncipe llegó al templo, el maestro le envió solo al bosque de Min-Li. Al cabo de un año, el príncipe tenía que volver al templo para describir el sonido del bosque.

Cuando el príncipe T’ai volvió, Pan Ku le dijo que describiera todo lo que había podido oír. “Maestro -replicó el príncipe-, pude oír a los cuclillos cantar, el ruido de las hojas, el zumbido de los colibríes, el chirrido de los grillos, el rumor de la hierba, el zumbido de las abejas y el susurro y el grito del viento”. Cuando el príncipe terminó, el maestro le dijo que volviera al bosque de nuevo para escuchar qué más podía oír. El príncipe se quedó perplejo por la petición del maestro. ¿No había discernido ya todos los sonidos? Durante días y noches sin fin, el joven príncipe sentado a solas en el bosque escuchaba. Pero no oía más sonidos nuevos. Una mañana, cuando el príncipe estaba sentado en silencio debajo de los árboles empezó a distinguir unos sonidos débiles diferentes de los que siempre había oído. Cuanto con más atención escuchaba, más claros los percibía. Una sensación de esclarecimiento envolvía al muchacho. “Estos deben de ser los sonidos que el maestro deseaba que distinguiera”, reflexionó.

Cuando el príncipe T’ai volvió al templo, el maestro le preguntó si había oído algo más. “Maestro -respondió el príncipe reverentemente-, cuando escuché con más atención, pude oír lo que no se oye. El sonido de las flores al abrirse, el sonido del sol calentando la tierra y el sonido de la hierba bebiendo el rocío de la mañana”. El maestro asintió con la cabeza aprobando. “Oír lo que no se oye -observó Pan Ku-, es una disciplina necesaria para ser un buen gobernante. Pues sólo cuando un gobernante ha aprendido a escuchar atentamente los corazones de las personas, a escuchar sus sentimientos no comunicados, las penas no expresadas y las quejas no proferidas, puede esperar inspirar confianza en su pueblo, comprender cuándo algo está mal y satisfacer las verdaderas necesidades de sus ciudadanos. La muerte de los estados llega cuando los líderes sólo escuchan las palabras superficiales y no entran profundamente en el alma de las personas para oír sus verdaderas opiniones, sentimientos y deseos”.

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