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Joan Plans Storytelling
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Advertencia: Este es un texto robado pero no me acuerdo de donde, así que si alguien localiza su origen, por favor que me lo comunique y con mucho gusto citaré la fuente. Dicho esto abordemos el meollo del post.

 

Este post está pensado para complementar de manera literaria-simbólica las reflexiones sobre el “autoconfianza/optimismo/” que a menudo incluyo en las formaciones que imparto.

 

La capacidad para comprender diferentes puntos de vista y enfoques sobre la realidad es una herramienta fundamental para el autodesarrollo y el crecimiento personal y el cuento que sigue a continuación es una buena metáfora de ello. También se pueden encontrar ecos del concepto de “empatía”.

 

Si han llegado aquí desde alguno de mis cursos sean bienvenidos a un input sobre el punto de vista, y si han llegado por casualidad, a lo mejor es el destino que le ha traído hasta aquí por alguna razón.

 

EL DESTINO

 

El general Nobunaga está preocupado. Sus enemigos son diez veces más numerosos que su ejército. Tienen diez veces más caballos, carros y elefantes de guerra. Sus soldados, a pesar de su bravura, no podrán rivalizar con un adversario tan temible. ¿Qué hacer? Decide hablar a sus tropas:

-Soldados, y vosotros, nobles samuráis, la suerte de nuestro amado país está en manos de los dioses. Ellos son quienes hacen inclinar la balanza del lado de la derrota o de la victoria, sea cual sea el número de combatientes. Voy a entrar solo en el templo para interrogarles.

El general penetra en el templo y hace una plegaria silenciosa: Sale con una grave expresión en el rostro.

-¿Qué han dicho los dioses? –preguntan los soldados.

-Tengo que lanzar una moneda al aire. Si sale cara, seremos vencedores; si sale cruz, seremos vencidos.

Después de recogerse un instante, el general Nobunaga saca lentamente una moneda de oro de debajo de su coraza, La lanza al aire. Su sirviente se precipita, mira y vuelve hacia la multitud un rostro radiante:

-¡Es cara!

Los soldados lucharon como leones y consiguieron la victoria.

 

Por la noche, mientras deshacía la coraza de cuatro faldones, el sirviente dijo al general:

-Excelencia, éramos inferiores en número y hemos ganado. Esto demuestra  que nada puede contrariar al destino ni oponerse a la voluntad de los dioses.

Entonces el general sacó la moneda de oro de su bolsillo. La levantó a la luz. Por los dos lados era cara.

 

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Advertencia: Este es un texto robado pero no me acuerdo de donde, así que si alguien localiza su origen, por favor que me lo comunique y con mucho gusto citaré la fuente. Dicho esto abordemos el meollo del post.

 

Este post está pensado para complementar de manera literaria-simbólica las reflexiones sobre el “punto de vista acerca de la realidad” que casi siempre incluyo en las formaciones que imparto.

La capacidad para comprender diferentes puntos de vista y enfoques sobre la realidad es una herramienta fundamental para el autodesarrollo y el crecimiento personal y el cuento que sigue a continuación es una buena metáfora de ello. También se pueden encontrar ecos del concepto de “empatía”.

 

Si han llegado aquí desde alguno de mis cursos sean bienvenidos a un input sobre el punto de vista, y si han llegado por casualidad, a lo mejor es el destino que le ha traído hasta aquí por alguna razón.

 

 

LA MONTAÑA

 

 

En la antigua China, en la cima del monte Ping, había un templo en el que habitaba el sabio Hwan. De sus muchos discípulos, solamente conocemos uno, Lao-li. Durante más de veinte años, Lao-li estudió y meditó con el gran maestro Hwan. Aunque Lao-li era uno de los discípulos más brillantes y decididos, no había alcanzado todavía la sabiduría de la vida.

 

Lao-li luchó con su suerte durante días, noches, meses e incluso años, hasta que una mañana, la caída de una flor de cerezo le habló a su corazón. “Ya no puedo luchar con mi destino – reflexionó -. Lo mismo que la flor del cerezo, debo resignarme airosamente a mi suerte”. Desde ese momento, Lao-li decidió retirarse al llano y abandonar su esperanza de lograr la sabiduría.

 

Lao-li buscó a Hwan para comunicarle su decisión. El maestro se sentó ante una pared blanca, en profunda meditación. Reverentemente, Lao-li se acercó a él. “Maestro” – dijo; pero antes de que pudiera continuar, el maestro habló: “Mañana bajaremos juntos al llano”. No era necesario decir nada más. El gran maestro había comprendido.

 

A la mañana siguiente, antes de descender de la montaña, el maestro contempló la inmensidad que rodeaba la cumbre de la montaña. “Dime, Lao-li – dijo -, ¿qué es lo que ves?. “Maestro, veo el sol que empieza a ocultarse justamente debajo del horizonte, serpenteando por colinas y montañas que siguen durante leguas, y en el valle, un lago y una vieja ciudad”. El maestro escuchó la respuesta de Lao-li. Sonrió y luego bajó los primeros peldaños de su largo descenso.

 

Al cabo de una hora, cuando el sol cruzaba el cielo, ellos proseguían su viaje, y sólo se detuvieron una vez cuando se acercaban al pie de la montaña. De nuevo Hwan le preguntó a Lao-li qué era lo que veía. “Gran maestro, a lo lejos veo unos gallos que corren alrededor de unos parajes, vacas que duermen en frescas praderas, unos viejos que disfrutan del último sol de la tarde y niños retozando junto a un arroyo”.

 

El maestro permaneció en silencio y continuó andando hasta que llegaron a la puerta de la ciudad. Allí hizo un gesto a Lao-li y juntos se sentaron bajo un viejo árbol. “¿Qué aprendiste hoy, Lao-li? – preguntó el maestro-. Quizás sea esa la última lección de sabiduría que te imparta”. Lao-li permaneció mudo.

 

Por fin, tras un largo silencio, el maestro continuó. “El camino hacia la sabiduría es como el viaje desde lo alto de la montaña al llano. Sólo alcanzan la sabiduría quienes se dan cuenta de que lo que uno ve desde la cima de la montaña no es lo que ve desde el llano. Sin esa sabiduría, cerramos nuestras mentes a todo lo que no podemos ver desde nuestra posición y por consiguiente limitamos nuestra capacidad de madurar y mejorar. Pero con esta sabiduría, Lao-li, llega un despertar. Reconocemos que a solas uno ve solamente hasta cierto punto, lo cual, a decir verdad, no es mucho. Esta es la sabiduría que abre nuestras mentes a la mejora, acaba con nuestros prejuicios y nos enseña a respetar lo que al principio no podemos ver. Nunca olvides esta lección, Lao-li: lo que tú no puedas ver puede verse desde una parte diferente de la montaña”.

 

Cuando el maestro dejó de hablar, Lao-li miró hacia el horizonte, y a medida que el sol se ponía, parecía elevarse en su corazón. Lao-li se volvió al maestro, pero el gran sabio se había ido. Así termina el viejo relato chino. Pero se ha dicho que Lao-li volvió a la montaña para vivir el resto de su vida allí, y que llegó a ser un gran sabio.

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Advertencia: Este es un texto robado pero no me acuerdo de donde, así que si alguien localiza su origen, por favor que me lo comunique y con mucho gusto citaré la fuente. Dicho esto abordemos el meollo del post.

 

Este post está pensado para complementar de manera literaria-simbólica las reflexiones sobre “Liderazgo” que incluyo en las formaciones que imparto.La capacidad para situar a las personas en las funciones en las que aporten su mayor potencial así como aconseguir que todos ellos trabajen en una misma dirección es una de las claves del liderazgo efectivo y el cuento que sigue a continuación es una buena metáfora de ello.

 

Como siempre añado en mis post “profesionales” si ha llegado aquí desde alguno de mis cursos sea usted bienvenido a un input sobre el liderazgo, y si ha llegado por casualidad, a lo mejor necesitaba usted leer esto.

                                    

LA HABILIDAD DEL ARTESANO

 

En el siglo II antes de Cristo, acababa de terminar la guerra que siguió al derrumbamiento de la dinastía Qin. En su lugar, reinaba la dinastía Han, cuyo emperador, Liu Bang, había consolidado China por primera vez en un imperio unificado. Para conmemorar este acontecimiento, Liu Bang había invitado a funcionarios y militares políticos de alto rango, poetas y maestros a una gran celebración. Entre ellos estaba Chen Cen, el maestro a quien Liu Bang había acudido muchas veces para pedir consejo durante su campaña de unificación de China.

 

La celebración estaba en pleno apogeo. Aquel banquete era el más espléndido que jamás se había visto. En la mesa del centro se sentaba Liu Bang con sus tres grandes consejeros: Siao He, que administraba la logística de la unificación; Han Xin, que organizaba y dirigía la actividad guerrera; y Chang Yan, que formulaba las estrategias diplomática y política. En otra mesa, se sentaba Chen Cen y sus tres discípulos.

 

Mientras se servía la comida, se pronunciaron discursos, se entregaron condecoraciones y actuaron unos artistas. Todos miraban con orgullo y alborozo, todos excepto los tres discípulos de Chen Cen, que estaban asombrados. Sólo hacia la mitad de la fiesta pronunciaron sus palabras. “Maestro -observaron-, todo esto es magnífico, todo está muy bien, pero en el corazón de la celebración hay un enigma”. Percibiendo las dudas de sus discípulos, el maestro les alentó gentilmente a continuar.

 

“En la mesa del centro se sienta Xiao He -prosiguieron ellos-. Su conocimiento de la logística es innegable. Bajo su administración, los soldados siempre han estado bien alimentados y debidamente armados, cualquiera que fuera el terreno. Junto a él está Han Xin. Las tácticas militares de Han Xin son irreprochables. Él sabe exactamente dónde acechar al enemigo, cuándo hay que avanzar y cuándo hay que retirarse. Ha ganado todas las batallas que ha dirigido. A continuación de nosotros está Chang Yang. Chang Yang ve la dinámica de la política y de las relaciones diplomáticas en la palma de su mano. Sabe con qué estados hay que formar alianzas, cómo ganarse los favores políticos y cómo conseguir que se rindan los jefes de estado sin guerrear.

 

Esto lo entendemos bien. Lo que no podemos comprender es el centro de la mesa, el propio emperador. Liu Bang no puede decir que es de sangre noble y su conocimiento de la logística, de la guerra y de la diplomacia no iguala a la de sus grandes consejeros. ¿Por qué entonces es él el emperador?.

 

El maestro sonrío y pidió a sus discípulos que imaginaran la rueda de un carro de guerra. “¿Qué es lo que determina la fuerza de una rueda al llegar un carro hacia adelante?”, preguntó. Tras un momento de reflexión, sus discípulos respondieron “¿No es la robustez de sus radios, maestro?”. “Pero entonces, ¿cómo es -contestó él- que dos ruedas hechas de idénticos radios difieren en fortaleza?”. Tras un momento de silencio, el maestro continuó “Ved más allá de lo que se ve. No olvidéis nunca que una rueda está hecha no sólo de radios sino también del espacio entre ellos. Los radios fuertes mal situados debilitan la rueda. El hecho de que se consiga o no su pleno potencial depende de la armonía entre ellos. La esencia de la construcción de las ruedas radica en la aptitud del artesano para concebir y crear el espacio que contiene y equilibra los radios dentro de la rueda. Pensad ahora, ¿quién es el artesano aquí?”.

 

El resplandor de la luz de la luna se veía detrás de la puerta. Reinó el silencio hasta que un discípulo dijo: “Pero maestro ¿cómo asegura un artesano la armonía entre los radios?. “Piensa en la luz del sol -replicó el maestro-. El sol nutre y vitaliza los árboles y las flores, lo hace así entregando su luz. Pero al final, ¿en qué dirección crece toda la vegetación?. Lo mismo ocurre con un artesano maestro como Liu Bang. Después de colocar a los individuos en puestos en los que se aprovecha plenamente su capacidad, él asegura la armonía entre ellos reconociéndoles a todos sus logros innegables. Y al final, del mismo modo que los árboles y las flores crecen hacia el donante, el sol, los individuos crecen hacia Liu Bang con devoción”.

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Advertencia: Este es un texto robado pero no me acuerdo de donde, así que si alguien localiza su origen, por favor que me lo comunique y con mucho gusto citaré la fuente. Dicho esto abordemos el meollo del post.

Este post está pensado para complementar de manera literaria-simbólica el punto de la “Empatía” que en ocasiones incluyo en las formaciones que imparto. La empatía es fundamental para relacionarse con otros seres humanos y aunque  a veces pueda parecer que es un proceso automático, mi opinión es que es un proceso que se puede mejorar con la práctica de situar el foco de nuestro interés en el otro, y creo que el cuento que sigue a continuación es una buena metáfora de ello.

Si han llegado aquí desde alguno de mis cursos sean bienvenidos a un input sobre empatía, y si han llegado por casualidad, a lo mejor es el destino que le ha traído hasta aquí por alguna razón.

EL BOSQUE

En el siglo III después de Cristo, el rey Ts’ao envió  a su hijo, el príncipe T’ai, al templo a estudiar con el gran maestro Pan Ku. Debido a que el príncipe T’ai tenía que suceder a su padre como rey, Pan Ku tenía que enseñar al muchacho los principios fundamentales para ser un buen gobernante. Cuando el príncipe llegó al templo, el maestro le envió solo al bosque de Min-Li. Al cabo de un año, el príncipe tenía que volver al templo para describir el sonido del bosque.

Cuando el príncipe T’ai volvió, Pan Ku le dijo que describiera todo lo que había podido oír. “Maestro -replicó el príncipe-, pude oír a los cuclillos cantar, el ruido de las hojas, el zumbido de los colibríes, el chirrido de los grillos, el rumor de la hierba, el zumbido de las abejas y el susurro y el grito del viento”. Cuando el príncipe terminó, el maestro le dijo que volviera al bosque de nuevo para escuchar qué más podía oír. El príncipe se quedó perplejo por la petición del maestro. ¿No había discernido ya todos los sonidos? Durante días y noches sin fin, el joven príncipe sentado a solas en el bosque escuchaba. Pero no oía más sonidos nuevos. Una mañana, cuando el príncipe estaba sentado en silencio debajo de los árboles empezó a distinguir unos sonidos débiles diferentes de los que siempre había oído. Cuanto con más atención escuchaba, más claros los percibía. Una sensación de esclarecimiento envolvía al muchacho. “Estos deben de ser los sonidos que el maestro deseaba que distinguiera”, reflexionó.

Cuando el príncipe T’ai volvió al templo, el maestro le preguntó si había oído algo más. “Maestro -respondió el príncipe reverentemente-, cuando escuché con más atención, pude oír lo que no se oye. El sonido de las flores al abrirse, el sonido del sol calentando la tierra y el sonido de la hierba bebiendo el rocío de la mañana”. El maestro asintió con la cabeza aprobando. “Oír lo que no se oye -observó Pan Ku-, es una disciplina necesaria para ser un buen gobernante. Pues sólo cuando un gobernante ha aprendido a escuchar atentamente los corazones de las personas, a escuchar sus sentimientos no comunicados, las penas no expresadas y las quejas no proferidas, puede esperar inspirar confianza en su pueblo, comprender cuándo algo está mal y satisfacer las verdaderas necesidades de sus ciudadanos. La muerte de los estados llega cuando los líderes sólo escuchan las palabras superficiales y no entran profundamente en el alma de las personas para oír sus verdaderas opiniones, sentimientos y deseos”.

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Advertencia: Este es un texto robado pero no me acuerdo de donde, así que si alguien localiza su origen, por favor que me lo comunique y con mucho gusto citaré la fuente. Dicho esto abordemos el meollo del post.

Este post está pensado para complementar de manera literaria-simbólica el punto del “Compromiso” que en múltiples ocasiones incluyo en las formaciones que imparto. Si hace años ya estaba convencido que sin compromiso no hay liderazgo ahora empiezo a pensar que sin compromiso no puede haber nada. Así que si han llegado aquí desde alguno de mis cursos sean bienvenidos a un input sobre compromiso, y si han llegado por casualidad, a lo mejor leer esto es lo que usted necesita.

LA BATALLA

Nos situamos en el siglo IV antes de Cristo, el período de las disputas feudales entre los grandes principados de China. El gran general Chin estaba sentado en su cámara del palacio real con Meung, el que iba a ser designado pronto general de la tercera división, a su lado. Un mensajero, el teniente Yu, acabada de llegar con un informe sobre la logística de la próxima batalla entre la primera división del general Li y la segunda división del Principado Wei, mandada por el general Su.

“Gran general -dijo el teniente Yu- traigo buenas noticias. La primera división disfruta de una importante ventaja. Nuestras tropas superan en número a las de la segunda división en la proporción de cuatro a uno, están bien provistas de armas y los regimientos están bien alimentados. El general Li me envía para aseguraros que la victoria será nuestra, la bandera Chin ondeará para siempre”. Cuando el gran general examinó el informe, su rostro reflejaba que la angustia se había apoderado de él. Cerró los puños y ordenó al teniente Yu que enviara refuerzos y volviera al campo de batalla enseguida.

Después de que el teniente hubo partido a toda prisa, el gran general se dirigió al balcón y miró al horizonte. “¡Ay!”, -dijo a Meung-, de nuevo otra división de nuestro principado caerá derrotada”.

Meung estaba perplejo. “Gran general -dijo él-, perdone mi atrevimiento, pero no logro entender por qué está usted tan convencido de eso. La división del general Li cuenta con muchos más hombres y más armas que la división del general Su, y sin embargo, usted está seguro de que la victoria no será nuestra. ¿Cómo puede ser eso?”.

El gran general miró con tristeza a Meung, pero no contestó. Lo que hizo fue llevar a Meung a un gran lago que había detrás del palacio. Cuando el gran general y Meung se sentaron en una roca, el general tiró al agua un pequeño trozo de papel. El papel no se movió sino que simplemente flotó. Tras observar el inmóvil trozo de papel durante un tiempo, Meung se mostró intranquilo y preguntó de nuevo: “Gran general, ¿cuál es el significado de esto? He meditado sobre el papel durante más de una hora y su lección no me ha aclarado nada ni ha proporcionado la respuesta a mi pregunta”.

Una vez más, el general no respondió sino que hizo que Meung le siguiera. Pasearon hasta llegar a un arroyo muy estrecho y rumoroso. De nuevo el gran general tiró un trozo de papel al agua. Esta vez el papel no permaneció quieto sino que se desplazó rápidamente y desapareció. El gran general se volvió hacia Meung: “¿Comprendes ahora por qué la división del General Su triunfará y no la nuestra?”.

Meung, todavía perplejo, le pidió al general que se explicara. “Meung -dijo el general-, la primera división, grande y con muchas armas, se parece al lago. Pero observa la posición del general Li. Supone con tanta arrogancia que va a obtener la victoria que no lucha. Está estacionado en la retaguardia, no ocurre así con el general Su. Él está en primera línea, junto a sus tropas, y ha situado la retaguardia de su división junto al río. Su compromiso de morir con el fin de ganar generará a su vez un compromiso de las tropas. Lo mismo que este arroyo rumoroso, que se precipita en una dirección, arrastra el papel fácilmente mientras el lago no lo hace, así la división de pequeño tamaño, pero unificada en el compromiso, vencerá. Recuerda, las armas y los hombres son importantes, pero el compromiso del general es el que determina la victoria”.

Cuatro días más tarde, el teniente Yu y sus refuerzos llegaron al lugar de la batalla. La bandera que ondeaba al viento era la de Wei, no la de Chin. La primera división había sido derrotada.

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 Consejos de madre

Los médicos deslumbrados por el conjunto de ropa interior conjuntada pasaron por alto la hemorragia que la mató, pero al menos su madre no sufrió ninguna humillación.

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3- Inicios  (descarados) descartados de grandes obras

Gregorio Samsa se despertó con una resaca descomunal, apenas podría abrir los ojos y tenía un extraño gusto metálico en la boca y se sentía como una cucaracha… bueno mejor empiezo de nuevo y me cargo la resaca y dejo la cucaracha. Yo tampoco tenía que haber bebido anoche. K

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